Su primera carta a la Iglesia, año 2013, la llamó “La Alegría del Evangelio”. Su mensaje a las familias, año 2016, lo llamó “La Alegría del Amor”. Su llamado a la santidad en el mundo actual, año 2018, lo llamó “Alegraos y regocijaos”.
Sí, lo nuestro es la alegría, porque lo nuestro es la Resurrección, la Vida en plenitud. Esta es la enseñanza de la Palabra en este domingo: Nuestro Dios, “no es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos”.
En el camino de la vida, nos acompaña una aspiración permanente a la trascendencia, a la inmortalidad. La certeza de nuestra resurrección radica en Cristo resucitado. Si él murió para hacernos hijos de Dios y darnos vida nueva por su Espíritu, esta vida no puede ser perecedera, sino definitiva y eterna.
Más aún, gracias al Bautismo, participamos ya tanto de la muerte como de la resurrección del Señor. San Pablo lo expresa así: “Ustedes – los bautizados – considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Romanos 6, 11).
He ahí la razón de nuestra alegría. El bautizado en Cristo tiene en sí la semilla de la eternidad; es una persona llamada a la vida nueva en Dios mediante una muerte diaria y continua al hombre viejo, pecador, insolidario y caduco, hasta dar alcance a la meta de la liberación final que es la vida en plenitud.
Ánimo, entonces. Vivamos, no como muertos, sometidos al poder del mal, sino como resucitados, haciendo el bien a todos, sirviendo con disponibilidad, amando a nuestros hermanos.
Mons. Álvaro Vidales.

