En el evangelio de la misa de este domingo continuamos la lectura del ‘sermón de la llanura’, en este sermón Jesús ha comenzado ‒desde el domingo anterior‒ a descifrar el ambiente o las condiciones en las que la palabra (el Reino) se hace realidad en la historia; después de haber propuesto a sus discípulos asumir la pobreza como apertura para recibir el Reino y de denunciar la saciedad como obstáculo, en el evangelio de la misa de este domingo (Lucas 6, 27-38) Jesús pasa a hablar a toda la multitud para proponerle las actitudes que en una persona van manifestando la presencia del Reino hoy.
El texto del evangelio de la misa de hoy recoge varias sentencias de Jesús, de entre ella destacamos el tema del amor a los enemigos, tema ambientado desde la primera lectura (1Samuel 26, 2.7-9.12-13.22-23) que refiere la actitud benévola de David frente a un vulnerable rey Saúl.
En el evangelio de hoy los enemigos son nombrados como aquellos que nos aborrecen, nos maldicen, o nos maltratan y la actitud de amor a ellos se expresa haciéndoles el bien, orando por ellos y bendiciéndolos.
En el contexto del leccionario de la misa, la enseñanza de Jesús en el evangelio de este domingo no pretende establecer o imponer una regla de comportamiento, la enseñanza de Jesús va en el sentido de revelar la actitud de una persona en donde se va manifestando el Reino.
Mucho se discute sobre la capacidad del ser humano para perdonar a quien le ha caudado daño, sobre el ofrecer la otra mejilla, sobre el dejarse desposeer y no reclamar, o incluso sobre una ‘guerra justa’.
La revelación de Jesús hay que recibirla desde la originalidad del Nuevo Testamento o desde el contexto de la nueva alianza, según la cual el cristiano no actúa en espera de una recompensa (que se suele presentar como la salvación futura); la nueva alianza prometida desde los profetas consiste en la renovación profunda del ser humano a partir de la comunión con Dios. La noción de ‘recompensa’ expresada en el evangelio de hoy a través de frases como «tendrán un gran premio», «den y les darán: les verterán una medida generosa, colmada», etc. es preciso interpretarla como la acción de la misericordia de Dios, lo que teológicamente se llama ‘gracia’.
Según esto, el cristiano ama porque es hijo del Altísimo, de modo que cuando alguien hace el bien a quien lo ha maltratado, u ora por quien lo aborrece, o bendice a quien lo maldice, esa persona está manifestando que es hijo del Padre del cielo y que en él actúa la gracia.
El amor cristiano no puede entenderse como objeto de intercambio sino como expresión de la presencia de Dios en una persona que actúa como el Padre celestial y entonces por esa comunión en la gracia el cristiano se adelanta a las necesidades del otro, tiene esperanza frente al enemigo, respeta la personalidad del enemigo, pero no se enceguece ya que el amor cristiano implica el aspecto cognitivo (no es ciego).
La moral cristiana va más allá de la ética de la reciprocidad, por eso el cristiano no actúa atraído por una recompensa de salvación sino impulsado por la comunión en el amor con Dios; esta práctica del amor a los enemigos es una manera de mostrar la identidad cristiana.
En el fragmento del sermón de la llanura que leemos este domingo, Jesús revela cómo ‘esta Escritura que acaban de oír se cumple hoy’, cómo el plan de Dios se va realizando en la historia: por la transformación del ser humano a partir de la comunión en el amor con el Padre celestial.

