En el ciclo C del leccionario –el que se sigue este año– el texto de la primera lectura (Hechos 1, 1-11) y el del evangelio (Lucas 24, 46-53) son muy parecidos, pues se trata de un episodio narrado dos veces para hacer el tránsito desde la historia de Jesús hacia la narración de la difusión del Evangelio por la acción del Espíritu Santo en los apóstoles.
Los versículos del libro de los Hechos que escuchamos en la primera lectura de la misa de este domingo principian por manifestar la intención de presentar en este libro la difusión del Evangelio como la prolongación de la experiencia que los apóstoles vivieron con Jesús los cuarenta días siguientes a su resurrección. Esta experiencia del Resucitado con los apóstoles se expresa como un tiempo pleno después de la Pascua, «durante cuarenta días se dejó ver de ellos y les habló del Reino de Dios», y como una realidad de comunión, a través del gesto de comer juntos.
En este contexto de comunión se manifiestan dos maneras diferentes de comprender el reino anunciado por Jesús; de una parte, los apóstoles piensan en una ostentación de poder: «¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?»; por su parte Jesús tiene en el horizonte la misión de los apóstoles como un llamado a la conversión, esto implica estimular a cada persona para que, reconociendo la presencia de Dios en su historia, se decida a orientar su existencia hacia Dios, de esta manera comienza a manifestase el reinado de Dios.
En la narración del evangelio según San Lucas, durante la última Cena Jesús manifestó a los apóstoles que ellos fueron escogidos para dar inicio al tiempo final de la salvación (ver Lucas 22, 28-30), pero a ellos les cuesta trabajo comprender que esto significa correr la misma suerte del Mesías: ser rechazado por las autoridades, morir y resucitar.
Desde esta perspectiva de cambiar la concepción de la misión adquiere relevancia el gesto de Jesús mencionado por Lucas en el evangelio de hoy: «Y los sacó [de Jerusalén] hasta Betania». Aquí se puede entender ‘sacarlos de Jerusalén’ como hacerlos salir de una idea triunfalista del Reino para asumir el testimonio de vida que contagia e invita.
Jerusalén está representando el lugar del templo, de las tradiciones judías; Jerusalén es la sede del sanedrín y de las instituciones que dan seguridad a personas religiosas. Salir de Jerusalén puede significar asumir el estilo desinstalado que vivió Jesús para, de este modo, entrar en el verdadero santuario.

