El texto del evangelio de este día (Juan 14, 15-16.23b-26) se divide en tres partes, en la primera y en la segunda parte tenemos dos afirmaciones muy semejantes que dan pie a sendas promesas, la tercera parte viene a ser como la garantía para que el discípulo pueda acceder a las promesas.
«Si me aman, guardarán mis mandamientos» es la afirmación de la primera parte; «el que me ama, guardará mi palabra» es la de la segunda; en estas frases los sustantivos ‘mandamientos’ y ‘palabra’ se corresponden. Hace tres domingos escuchamos también este binomio amor/palabra en boca de Jesús cuando nos hablaba del mandamiento nuevo.
Quien acoge la palabra de Jesús se constituye en discípulo y esta misma obediencia de la fe al proyecto de Dios revelado por Jesús impulsa al discípulo a amar. Un hombre o mujer no es creyente auténtico si no es amador o amadora a partir del amor que ha recibido de Dios.
La existencia del discípulo transcurre amando y este amor con el que el cristiano ama tiene su fuente en el acontecimiento de acoger la palabra, pues nacemos como cristianos cuando se actualiza en nuestra vida la revelación de Jesucristo; en este contexto la misión del Espíritu consiste en actualizar la revelación en cada uno de nosotros para que nuestra vida cristiana no se quede estancada en el momento del nacimiento: «el Espíritu será quien se lo enseñe todo recordándoles todo cuanto les he dicho».
El Espíritu esclarece a los discípulos las palabras (mandamientos) de Jesús y su misión de enseñar la realiza recordando, pero aquí recordar más que superar ‘lagunas de memoria’ quiere decir llevar al discípulo a tomar consciencia, a comprender mejor. El Espíritu Santo actualiza de forma creativa la existencia de los discípulos a lo largo de todas las épocas de la historia de la Iglesia de manera que la experiencia cristiana supera la añoranza por repetir cosas o costumbres de otras épocas. El Espíritu hace posible que los hombres y mujeres de cada generación sean fieles y acojan el proyecto de Dios en su historia personal.

