Para una interpretación del texto del evangelio de hoy (Lucas 6, 39-45) asumimos como clave la relación interior / exterior, toda vez que la recomendación de Jesús se la puede entender como traducir en la vida la relación profunda en el amor que debe existir entre el discípulo y el Padre del cielo; más que de hacer obras buenas, se trata de ser buenos desde el interior, pues las obras vienen a ser manifestación de lo que hay en el interior de cada ser humano.
Encontramos dos temas principales en el evangelio de hoy: una invitación a madurar en la vida cristiana y la necesidad de la formación para, precisamente, madurar la fe.
El texto del evangelio se abre con una parábola que presenta una temeridad: un ciego que guía a otro ciego, de esta imagen temeraria el texto pasa a la exageración de la visión impedida por una viga en el propio ojo. La enseñanza derivada de estas dos comparaciones, lejos de proponer asumir un estado fatalista de ignorancia o de ceguera, invita a salir de las tinieblas o a quitar la viga del ojo.
Desde esta perspectiva, la maduración en la fe tiene que ver con el hecho de salir de las tinieblas para construir, como les sucedió a los discípulos que en el camino hacia Emaús eran incapaces de reconocer a Jesús, pero luego se les abrieron los ojos y este alumbramiento los lleva a ser testigos de la resurrección. En este contexto de maduración de la fe, Jesús da a entender un proceso que tiene por objeto llegar a parecerse al Maestro. Parecerse al Maestro es configurarse con él hasta entregar la propia vida.
La segunda parte del evangelio de este domingo, que se puede entender como formación (o iniciación), propone como comienzo de la formación cristiana tomar conciencia de la propia doblez y en consecuencia trabajar sobre uno mismo. Como principio, nos situamos ante la posibilidad de un interior sano o un interior dañado. Con realismo Jesús propone trabajar en el interior, entonces vemos que en la vida cristiana no se trata tanto de presentar buenos resultados u obras como sí de buscar sanear el interior.
Para el cristiano los frutos de buenas obras no son un logro personal ni pueden ser el resultado de aplicarse disciplinas. Las buenas obras que el mundo espera del cristiano fundamentalmente han de ser el resultado de una relación en el amor con el Padre, que es quien nos hace realmente sanos para que produzcamos frutos sanos.

