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#Evangelio - De la legalidad a la moralidad

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El evangelio de la misa de este domingo (Juan 8, 1-11) se puede abordar como una controversia sobre el cumplimiento de la Ley o la salvación por la gracia que Dios…

En la oración colecta de la misa de este domingo la Iglesia pide que Dios nos conceda a nosotros, los cristianos, vivir de aquel mismo amor que llevó a Cristo a entregar su vida en la cruz. Esta petición está cercana al pensamiento manifestado por San Pablo en la carta a los gálatas: «Vivo de aquél que me amó y se entregó por mí» (4, 20). El trabajo de la Cuaresma nos viene descubriendo que la vida cristiana es fruto de la fuerza liberadora de la Pascua de Jesucristo que va transformando la vida de los discípulos de Jesús.

El evangelio de la misa de este domingo (Juan 8, 1-11) se puede abordar como una controversia sobre el cumplimiento de la Ley o la salvación por la gracia que Dios comunica al hombre.

Un grupo de escribas y fariseos tienden una trampa a Jesús, para ello llevan ante él una mujer sorprendida en adulterio y le piden su opinión sobre la aplicación de la Ley que manda lapidarla; de estar de acuerdo con la aplicación de esta pena, Jesús estaría desdiciéndose del mensaje del Reino que viene predicando. Como si el Evangelio de la misericordia estuviera enfrentado a la Ley.

En un primer momento, pareciera que Jesús huye de la controversia, pues se inclina y empieza a escribir en el suelo con el dedo; este suspenso prepara al auditorio para una primera sentencia, a través de ella Jesús remite a sus contradictores a sus conciencias, de manera que la respuesta sobre el modo de obrar no hay que buscarla en el orden de lo jurídico sino en la verdad de la conciencia: «El que esté sin pecado, que le tire [a la mujer adúltera] la primera piedra». Esta propuesta de Jesús implica pasar del terreno de lo legal al campo de lo moral.

Al dar este paso de lo legal a lo moral, los contradictores de Jesús se encuentran con la verdad de la conciencia y allí se dan cuenta de que el hombre solo puede vivir de la misericordia de Dios; en la verdad de su conciencia el hombre descubre que su existencia es gracia de Dios.

Entonces comienza la retirada, primero los de mayor edad, por último, los más jóvenes. No podía ser de otra forma, pues entre más haya vivido una persona, tanto más ha tenido ocasión de experimentar la gratuidad del amor de Dios en la propia vida.

Ahora queda Jesús sólo con la mujer, la sorprendida en adulterio no huye, aguarda una palabra personal de Jesús. Esta palabra de Jesús de nuevo pone delante el binomio ‘lo legal’ –nadie te condenó– y ‘lo moral’ –«En adelante no peques más»–. Jesús no descalifica la Ley, no desconoce la gravedad del pecado (en este caso adulterio), pero compromete a la mujer a ser fiel, la invita a vivir la realidad del perdón, a vivir la liberación del pecado que significa el perdón de Dios.