La virtud de las letras siempre ha distinguido los escritos del clero secular y religioso; tanto así, que la tradición de la organización de los archivos se erigió como el pilar sobre el cual descansa la archivística moderna. El Papa Benedicto XIII, en la constitución Maxima Vigilantia, instruyó sobre la organización de los acervos de la Santa Iglesia Católica a escala universal, trazando pautas para la consolidación de archivos que, incluso entonces, ya eran milenarios.
Nuestro acervo patrimonial es de carácter privado, por lo que su accionar no se sujeta necesariamente a las políticas de la Ley General de Archivos, orientada a entidades públicas o privadas con funciones públicas; de allí que, amparados por las normas canónicas y concordatarias, custodiemos con celo, respeto y esmero este patrimonio documental, sin que ello implique ocultar su valor.
Así, el Archivo Histórico Arquidiocesano de Bogotá se erige como faro documental que testimonia, de manera magna, los procesos de formación cristiana e introducción de la fe, no solo en Bogotá, sino en parte de la nación. Acercarse a este archivo exige una mirada distinta a la habitual: no es un archivo público en sentido estricto, ni un espacio estático sacralizado, ni una mera colección de episodios clericales, coloniales o republicanos. Es, más bien, una memoria viva que resguarda la historia sacramental de la Iglesia, conservando con prudencia expedientes que han transformado realidades culturales, sociales, económicas, morales y pastorales de una Iglesia profundamente creyente.
Cada registro trazado a lo largo del tiempo, acompañado de una silenciosa y minuciosa arqueología documental, que hemos adelantado durante estos dos años y medio, nos ha permitido ordenar los fondos bajo el criterio de periodos arzobispales y descubrir entre legajos antes dispersos, la huella indeleble de quienes han guiado esta Iglesia en sus distintos momentos.
Es, en esencia, un archivo dinámico que se manifiesta en su consulta para fines civiles, sacramentales, memoria doctrinal, testimonio cultural y evangelizador. Está presente en cada anotación marginal, en cada decreto que impulsa la vida religiosa y social, en la creación de instituciones eclesiales, en sínodos, visitas pastorales y disposiciones litúrgicas.
En este acervo, que es fuente primaria de nuestra arquidiócesis, comienza a recobrar vida aquello que parecía dormido entre papeles. La gestión documental se convierte en custodia de tesoros que, lejos de perderse, resurgen con claridad tangible.
La fe se hace documento
El orden y cuidado se entrelazan con el respeto y la custodia, otorgando dignidad a cada pieza, impregnada de la impronta de los cuarenta y seis pastores que han guiado este amplio territorio, que en otro tiempo llegó a extenderse como el propio Virreinato de la Nueva Granada. Desde su origen como diócesis de Santafé, la Arquidiócesis de Bogotá elevó su voz hasta constituirse en sede metropolitana, corazón eclesial de esta jurisdicción. Más tarde, como Sede Primada de Colombia, su dignidad se hizo memoria de origen y precedencia; y aunque el tiempo fragmentó su geografía, su nombre permanece como signo de primacía y centro espiritual.
La Arquidiócesis de Bogotá conserva documentos como ninguna otra institución, es la cuarta más antigua del país (1562), precedida solo por Santa Marta, Cartagena, Pamplona y Popayán. En sus fondos reposan letras desvaídas, apenas legibles bajo el velo de la paleografía; encuadernaciones discretas que guardan silencios densos de historia. Allí emerge la memoria de una Iglesia que, desde Santa Marta, inició su andadura bajo el paso incierto de Rodrigo de Bastidas, mientras Gonzalo Jiménez de Quesada abría caminos hacia un reino aún sin nombre.
Nuestro acervo contiene documentos desde 1585, junto con crónicas aún más antiguas y otras redactadas con posterioridad, como en una carrera de relevos contra el tiempo. Se conservan las erecciones de parroquias históricas como Santa Bárbara y Las Nieves, entre otras. Documentos posteriores dan cuenta del surgimiento de instituciones encaminadas al cuidado de la salud que germina desde la misma arquidiócesis. En 1564, se erigió en Santafé el primer hospital de la ciudad y uno de los primeros del Nuevo Reino de Granada: el Hospital de San José y de Jesús, José y María, fundado por Fray Juan de los Barrios, primer arzobispo, en terrenos situados a espaldas de la actual Catedral.
De igual modo, la formación sacerdotal encontró su cauce en la fundación del Seminario de San Luis en 1581, por el arzobispo Fray Luis Zapata de Cárdenas, antecedente directo del Colegio de San Bartolomé (1604), y origen de la actual Pontificia Universidad Javeriana, es así, como un secreto rescatado del polvo, la crónica nos invita a regresar a un origen que aún susurra entre sus páginas.
En los anaqueles del archivo hallamos también revelaciones silenciosas. En 2023 emergió una pieza en latín fechada en 1704: un documento que late con leyes, culpas y destinos. Surge la figura de Josepha, errante en Barinas, mientras la justicia eclesiástica escribe su historia con tinta severa. Entre nombramientos y oficios, la autoridad se teje desde Santafé hacia remotos curatos, como si cada firma ordenara el nuevo mundo.
Otros documentos nos conducen a Monserrate, donde el testamento del padre Soler revela no solo bienes, sino la evocación de un santuario que crece entre piedra y plegaria. Las capellanías, entre tanto, aparecen como tejidos de fe y herencia, permitiendo descifrar un entramado espiritual y económico diseñado para perdurar en el tiempo, asegurando la oración por las almas.
Hemos identificado cartas pastorales, testamentos, decretos y relaciones con el Estado que permiten entrever, con mayor claridad, los desafíos propios de cada época. Entre ellos, resalta de manera particular el caso del arzobispo Manuel José Mosquera, desterrado por su propio hermano Tomás Cipriano, cuyas palabras dejan traslucir una tristeza serena, pero también una firmeza espiritual inquebrantable. Él mismo lo expresa así:
“(…)Quisiera que mis palabras tuviesen algún valor, y que les dieran alguna fuerza el ardiente deseo de vuestro bien, que me anima desde que me resolví á tomar sobre mis hombros el ministerio pastoral; (…) un ministerio que pide tanta pureza de vida; un ministerio laborioso; en que se necesita caridad universal, fortaleza incontrastable, constancia indefensa y celo ardiente é ilustrado (…) no puedo separar de mi corazón un temor que le penetra hasta el fondo (…)”
Estos pasajes de su primera carta pastoral no se pierden hoy en el vacío del tiempo; por el contrario, permanecen como voz viva que, gracias al registro diligente y a la custodia atenta de la arquidiócesis, llega hasta nosotros en fragmentos cargados de sentido. En ellos se reconoce un legado que continúa iluminando la tarea pastoral de seminaristas en formación, diáconos, presbíteros, sacerdotes eméritos, obispos y arzobispos, como eco perdurable de una fe que, aun en la adversidad, no se doblega.
A pesar de las pérdidas sufridas, como el incendio del 9 de abril de 1948. El esplendor de los testimonios documentales permaneció incólume; hoy los custodiamos con esmero, velando porque semejantes pérdidas no vuelvan a repetirse. Lo estamos logrando, mediante la introducción tecnologías digitales, que permiten el acceso y seguridad para la consulta y preservación a largo plazo de todo el patrimonio documental, como herencia y permanencia para las generaciones futuras del clero que resguardará nuestra Santa Iglesia Católica en el territorio.
Nuestro acervo documental histórico- contemporáneo, nos ha permitido conocer historias marcadas por logros tempranos y por la huella significativa que cada sacerdote ha dejado en las comunidades encomendadas por su arzobispo. En ellas descubrimos obras que, con el paso del tiempo y gracias al desprendimiento personal, ha dejado una impronta profunda y perdurable, como se expresa en la pluma de San Ireneo de Lyon “La gloria de Dios es el hombre viviente; y la vida del hombre es la visión de Dios”.
Entre estos testimonios se destaca el padre Agapito Cabrera Ortíz, quien amó profundamente a las personas privadas de la libertad. Desde su labor pastoral en las penitenciarías de las cárceles Modelo y Distrital, entre las décadas de 1950 y 1970, tejió vínculos de caridad, comprensión y cercanía con quienes necesitaban la luz de Dios. No se conserva imagen fotográfica de su rostro en su historia clerical; sin embargo, perdura una fotografía tomada por él mismo que, de manera elocuente, refleja la mirada compasiva con la que supo acoger a los presos de Bogotá, como si en ese gesto quedara fijada la esencia de su ministerio.
Asimismo, sobresale el padre Luis María Fernández, quien, con gran ímpetu y cercanía hacia los jóvenes, promovió su liderazgo mediante la creación de la Escuela de Líderes, en el marco de la Central de Juventudes, fundada en 1953 y que aún hoy conserva su identidad y misión. Son numerosos los diáconos, presbíteros, obispos y arzobispos cuyas historias han sido visibilizadas en el ejercicio de recuperación documental. Se han identificado aproximadamente tres mil historias de sacerdotes diocesanos, extradiocesanos y religiosos, con cargos pastorales en el territorio, que conforman una serie documental organizada mediante inventarios, procesos de cambio de unidad de conservación y custodiadas en nuestro archivo histórico, cuya vida y obra preservamos con responsabilidad y respeto, desde nuestro plano terrenal.
Con el cambio de milenio, la directriz emitida durante el arzobispado de Pedro Rubiano Sáenz, mediante la cual se dispuso la remisión de los libros sacramentales a los depósitos de la Arquidiócesis de Bogotá, estableció los cimientos de una custodia que, a lo largo de más de dos décadas, ha hecho posibles hallazgos de notable relevancia. Entre ellos, el descubrimiento de los llamados “libros padrones de almas”; estos, acertadamente denominados, nos brindan la posibilidad de realizar una retrospectiva sobre la conformación de la comunidad en el momento de la erección de las parroquias.
En sus páginas, que datan principalmente de los siglos XVII al XIX, se registran familias, feligreses, oficios, estados de vida y dinámicas sociales de la época. Asimismo, se constituyeron en los censos de su tiempo y cumplieron una importante misión evangelizadora, al permitir a los pastores conocer de cerca a sus comunidades y acompañarlas en su vida sacramental.
En aquellos libros sacramentales, entremezclados con partidas, correspondencia y certificados, se ha hallado el testimonio del surgimiento de las parroquias a través de sus “fábricas”, así como el valor incalculable de nuestros sacerdotes. Ellos, desde poblaciones carentes de las comodidades actuales, abrieron caminos empedrados, levantaron iglesias en medio de la comunidad y promovieron el desarrollo de sus territorios.
Asimismo, contribuyeron a llevar servicios esenciales como el acueducto y la energía. Muchas de estas parroquias y capillas se convirtieron también en refugio para niños desamparados y abandonados, así como espacios de protección para personas acogidas en asilos, evidenciando una labor pastoral profundamente comprometida con el bienestar integral de la comunidad.
Adentrarse en el fondo del archivo histórico arquidiocesano, exige un profundo sentido de consuelo y entendimiento. Supone comprender el entramado de experiencias que condujeron a la toma de decisiones, así como reconocer que cada testimonio se transforma en fe, y que esta, a su vez, se convierte en documento. De este modo, el equipo de gestión y patrimonio documental trabaja, mediante técnicas de organización, con el cuidado que merece cada pieza, tratándola como una joya tallada por manos de orfebre, símbolo de un compromiso profundo.
El camino aún no concluye: apenas se abre en su hondura. Seguimos hallando documentos que creíamos perdidos, historias que no se interrumpen, sino que reclaman ser escritas. Así, página tras página, se continúa tejiendo ese libro de prudencia y sabiduría concedido al clero bogotano, como maná providente para el pueblo de Dios.
El crisol se abrió y permitió revelar su contenido
Durante el primer semestre del año 2023, el padre Martín Gil Plata adelantaba labores de expurgo en archivos históricos, entre ellos, llamó su atención los cuidadosamente trabajados en el proceso de recuperación y descripción del Colegio Mayor de San Bartolomé, en el marco de los proyectos liderados por el Archivo Histórico Javeriano. Fue allí donde se iluminó el propósito de contar con un archivo histórico que armonizara con los grandes esfuerzos de la Arquidiócesis de Bogotá.
La experiencia de la universidad en estos procesos permitió estructurar un proyecto y conformar el equipo encargado de llevar a cabo esta delicada tarea de orden y fe. Se requería identificar, seleccionar y organizar cada documento con respeto, cuidado y celo, con el firme propósito de enaltecer su valor patrimonial.
El inicio de este trabajo bajo el acompañamiento y asesoría del Padre Martín Gil, no habría sido posible sin el impulso de monseñor Rafael Cotrino, quien alentó su desarrollo en el seno de la Curia Arzobispal. Llegamos a esta misión tras una trayectoria en instituciones dedicadas a la gestión de fondos documentales históricos, como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad Libre y el Archivo General de la Nación. Esta experiencia nos permitió reconocer providencialmente, que habíamos sido preparados para asumir la tarea de recuperar y redescubrir la memoria arquidiocesana, como custodios de un legado que reclama ser visibilizado.
La pasión por este trabajo, que no es otra cosa que una forma consciente de llevar este legado hacia el futuro, que es también regresar al umbral primero: a esa Galilea del comienzo donde, como lo recordó el Resucitado, todo se reinicia para no perderse, sino para trascender. Así, encontramos orientación en el padre canciller Hernán Javier Hernández Ruiz, profundo conocedor de la tradición canónica que sustenta la fe pública eclesiástica. Bajo su guía, comprendimos que la custodia, conservación y autenticación de los documentos no solo garantizan su integridad y validez, sino que sostienen, en última instancia, la memoria misma de la iglesia y el evangelio encarnado.
Bajo la guía del actual gobierno episcopal y la serena conducción de Su Eminencia: Luis José Cardenal Rueda Aparicio, la Iglesia logra entrelazar con sabiduría la memoria y el porvenir, haciendo de este tiempo un punto de convergencia donde el pasado no se desvanece, sino que se ordena y renace. Así, el acervo documental arquidiocesano, fortalecido por el rigor histórico- archivístico, está dispuesto a servir al camino venidero de la evangelización. En él, la memoria no permanece como reliquia inerte, sino que se transforma en sustento del impulso misionero, luz que orienta, raíz que sostiene y horizonte que guía el peregrinar de la Iglesia.
