Amanecer bueno amanecer y radiante claridad que nos regalas en un día dedicado a ti. Gracias, Señor, por esta semana vivida y compartida en amor servicio y solidaridad con nuestros hermanos.
Ahora que meditamos tu palabra, nos regalas tres caminos que serían suficientes para vivir cumpliendo tu voluntad. El primer camino es el perdón al que tú siempre nos has invitado para hacerlo de manera radical, perdonando y olvidando. Nuestro segundo camino nos lo regalas en la comprensión a los demás con un dicho que tiene que ser para nosotros una forma de pensar y razonar: «ponerse en los zapatos del otro». Es comprender la debilidad humana y la fortaleza divina. Tú siempre nos has mostrado que la mejor manera de amar es la de perdonar de corazón. Nuestro tercer camino es la solidaridad: caminar juntos, procurando cuidar los pasos del hermano débil y desesperanzado, que a veces nos llevan a obrar de una manera diferente y caemos en la debilidad espiritual. En este domingo en el que intentamos seguir tus pasos y aprender de ti, reconociendo que en muchas ocasiones nuestra razón y nuestra lógica nos alejan de tu proyecto de amor. Ayúdanos, Señor, a fijar nuestra mirada en lo esencial y a descubrir en el hermano tu presencia bondadosa y misericordiosa. Nuestro domingo sea de descanso y de reflexión pensando que la mejor manera de amarte a ti es amando y perdonando con corrección fraterna y misericordiosa. Amén.
Los abrazo y los bendigo.
Meditación del Papa
Otro fruto de la caridad en la comunidad es la oración en común. Dice Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor. Dice Orígenes que «debemos ejercitarnos en esta sinfonía», es decir, en esta concordia dentro de la comunidad cristiana. Debemos ejercitarnos tanto en la corrección fraterna, que requiere mucha humildad y sencillez de corazón, como en la oración, para que suba a Dios desde una comunidad verdaderamente unida en Cristo. (Benedicto XVI, 4 de septiembre de 2011)
