Último amanecer de junio en nuestro segundo día de la semana, en el que encontramos el tiempo necesario para darte gracias por los frutos recibidos, compartidos y repartidos. Estos treinta días lo hemos vivido en medio de alegrías e incertidumbres. Alegrías porque hemos podido compartir y servir con nuestros hermanos; momentos difíciles por las incertidumbres que se van llevando en el día a día de nuestras actividades. Hemos compartido el dolor de nuestros hermanos venezolanos y tratamos de servirlos de la mejor manera posible. Estos son los momentos difíciles en los que encontramos tempestades fuertes y que parecieran ahogarnos en nuestra cotidianidad, pero siempre encontraremos estas palabras que te dirigimos: ¡Señor, por tu bondad, tu misericordia, sálvanos! Y aquí encontraremos tus palabras: ¿por qué tienen miedo, hombres y mujeres de poca fe? Perdónanos, Señor, porque a veces caemos en la impaciencia, en el temor y nuestra poca fe. Pero vamos llenos de seguridad y confianza en ti porque tú vas en la barca de la esperanza y de la fe; porque navegando contigo en el mar del consuelo vamos por aguas, tranquilas llenas, de fe y de esperanza. Gracias, Señor por esta semana que laboralmente la iniciamos hoy. Queda atrás este mes dedicado a tu Sagrado Corazón, pero hoy seguimos elevando nuestra oración y diciéndote: Sagrado Corazón, en vos confío. Bendícenos guárdanos y protégenos. Amén.
Un muy feliz y agradecido fin de mes. Desde ahora nos ponemos en las manos de nuestra Madre celestial a la que honraremos en sus advocaciones de Virgen del Carmen y Nuestra Señora de Chiquinquirá.
PALABRA DEL PAPA
Podemos vernos reflejados en el Evangelio que hemos escuchado, en el miedo de los discípulos en la tormenta, que es el miedo de gran parte de la humanidad. No obstante (…) (León, confesamos que ¡hay esperanza! La hemos encontrado en Jesús, el Salvador del mundo. Él sigue calmando soberanamente la tormenta. Su poder no perturba, sino que crea; no destruye, sino que llama a la existencia, dando nueva vida. Y nos preguntamos: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). El asombro que expresa esta pregunta es el primer paso que nos aparta del miedo. Jesús había vivido y rezado alrededor del lago de Galilea. Allí había llamado a sus primeros discípulos en sus lugares de vida y de trabajo. Las parábolas con las que anunciaba el Reino de Dios revelan un profundo vínculo con esa tierra y esas aguas, con el ritmo de las estaciones y la vida de las criaturas. El evangelista Mateo describe la tormenta como un “estremecimiento de la tierra” (seísmos); utilizará el mismo término para referirse al terremoto que se produjo en el momento de la muerte de Jesús y al amanecer de su resurrección. Sobre este estremecimiento, Cristo se eleva, erguido: ya aquí el Evangelio nos permite vislumbrar al Resucitado, presente en nuestra enrevesada historia. La reprimenda que Jesús dirige al viento y al mar manifiesta su poder de vida y salvación, que se impone a aquellas fuerzas ante las cuales las criaturas se sienten perdidas. (León XIV, Homilía en la Santa Misa por la Custodia de la Creación, 9 de julio de 2025)
