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27-jul.- lunes de la 17.ª semana del T. O.

irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que hace fermentar a toda la masa del mundo y de la historia

Gracias te damos señor al inicio de esta semana, porque estaremos culminando un mes e ilusionadamente iniciaremos otro. Gracias por lo que nos regalarás, por los momentos que viviremos, las obras y buenos deseos que, gracias a tu bondad, misericordia y principalmente porque tú nos guiaras y protegerás. Y ahora, Señor, anhelamos en nuestro corazón, nuestra semana sea llena de ilusiones para iniciarla.  Un nuevo caminar, colocados en tus manos. Haz, Señor, que la semilla que sembramos hoy sea como la semilla del grano de mostaza, que siendo la más pequeña va creciendo y como tú mismo nos dices, se hace una hortaliza. por todas las obras que realizaremos Señor, grandes o pequeñas que sean bendecidas y fructíferas en tu nombre. Controla nuestra impaciencia y danos el temperamento del buen sembrador que confía en Ti. Nosotros solamente podemos plantar la pequeña semilla, pero eres tú quien la hace crecer hasta llegar a ser un árbol que puede dar frutos de fe, esperanza y caridad. Que, así como la levadura fermenta la masa, nuestras palabras y acciones sean eficaces como fermento para nuestros hermanos y logremos contagiarnos de alegría y felicidad. Bendícenos, guárdanos y protégenos porque a Ti te alabamos, te bendecimos y te glorificamos Señor. Amén 

Un muy feliz y fermentador lunes de ilusiones y anhelos para realizar. 

Palabra del Papa

La parábola utiliza la imagen del grano de mostaza. Si bien es el más pequeño de todas las semillas está lleno de vida y crece hasta volverse ‘más grande que todas las plantas de huerto’. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante. Para entrar a ser parte es necesario ser pobres en el corazón; no confiarse en las propias capacidades sino en la potencia del amor de Dios; no actuar para ser importantes a los ojos de mundo, sino preciosos a los ojos de Dios, que tiene predilección por simples y los humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que hace fermentar a toda la masa del mundo y de la historia (Homilía de S.S. Francisco, 14 de junio de 2015).

es necesario ser pobres en el corazón
ORACIÓN 

Señor, te pido que me enseñes a ser humilde. Cuanto más alto se quiere hacer un edificio, más profundos han de ser los cimientos. Y el gran edificio de la vida cristiana y de la santidad sólo se puede edificar sobre los hondos cimientos de la humildad. Este es el camino elegido por Jesús «El que quiera ser el mayor que se haga el más pequeño». (Mt. 20,26). Señor, yo quiero ser pequeño y humilde. Amén.

Meditación 

Humanamente hablando, a todos nos gusta lo grande, lo espléndido, lo bello, lo magníficamente dotado y adornado; espiritualmente hablando, de entrada, también. Digo “de entrada”, porque, después de lo que hemos proclamado en el párrafo evangélico de hoy, como si Jesús no nos animara especialmente a tener esa actitud. Y si nos fijamos en Ignacio y los comienzos de su, después, tan gran Orden, tampoco.

Jesús, en la primera parábola, nos habla de un grano de mostaza, la semilla más pequeña; pero que, después, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. Y la liturgia nos habla hoy de San Ignacio, cuyo proyecto tuvo unos comienzos, como todo nacimiento, humildes, pero su fuerza transformadora, fruto del Espíritu, fue entonces inimaginable.

Elevemos hoy un canto a lo sencillo, a lo humilde, a lo pequeño, a lo que no cuenta, al grano de mostaza, a la predilección de Jesús por los niños y por los mayores con corazón de niños. A San Ignacio, a quien celebramos hoy engendrando una obra grandiosa, pero, lógicamente, pequeña y sencilla en sus comienzos. Y a los hijos de San Ignacio, que han sabido hacerse adultos con armonía, sin olvidar las raíces y atendiendo a los “signos de los tiempos”.

Jesús, en la segunda parábola, nos presenta a una mujer que coloca un poco de levadura en una masa grande de harina. Y, sin más, sólo con mover levemente la harina, toda la masa queda fermentada.  Y, como hijo de panaderos, os puedo asegurar por experiencia que el pan así fermentado es distinto del que no lo está.

Esto es lo que sucede con el Reino de Dios. Jesús lo instituyó; y, a medida que se fue extendiendo entre las gentes, aparentemente éstas seguían igual, pero estaban “fermentadas”, habían cambiado. Las actitudes y valores que daban sentido a su vida eran actitudes evangélicas, valores de Jesús de Nazaret. Y su vida empezó a ser más humana, más fraterna, más solidaria.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.