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17-ago.- lunes de la 20.ª semana del T. O.

para recibir el don de Dios hay que acoger su voluntad. Como está escrito en la Ley, «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón […] y a tu prójimo como a ti mismo»

Bendecida mañana de descanso en este lunes y bendecido día para agradecerte lo que de Ti recibimos: el don de la vida, la salud y la familia. Son las mayores riquezas que nos has dado. Hoy te damos gracias y te pedimos nos ayudes a ser generosos y saber compartir lo mucho o lo poco que poseemos. Hoy surgen inquietudes que te pedimos nos ayudes a saber discernir: este joven del relato evangélico, había ido expresamente a encontrarse contigo, «se fue triste» y asocia esa tristeza a una razón: «porque era muy rico». Pero es probable que esa no fuera la única causa de su entristecerse sino el hecho de que Tú le invites tan claramente a compartir: «anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres»
Lo has mirado con cariño, pero sabes que no ha descubierto lo esencial. Y le lanzas tu propuesta: te falta una cosa. Una cosa que implica un cambio radical un cambio en generosidad, porque supone transformar la mentalidad: «deja lo tuyo» y  a acoge mi invitación: ¡VENTE CONMIGO! Hoy nos haces la invitación a cada uno de nosotros a dejarlo todo por seguirte, pero debemos comprender tus palabras: dejarlo todo debe implicar una renuncia a lo negativo, a no apegarnos únicamente a lo material o a lo que el mundo nos propone, sino a confiar en ti: ”Dios Proveerá“. Que a ejemplo de San Bernardo, a quien celebramos y que fue tu profeta de unidad y de reconciliación, como él, nosotros también hallemos la fuerza para hablar y actuar, en la oración y contemplación, para que podamos ver las realidades más profundas de la vida, con ojos de fe y amor, con generosidad de corazón y con plena confianza en Ti. 

Un muy feliz y generoso lunes, vendiendo y repartiendo nuestra generosidad, nuestra bondad y solidaridad con todas las personas que encontremos a nuestro alrededor. Amén.

PALABRA DEL PAPA

El Evangelio de hoy comienza con una hermosa pregunta dirigida a Jesús: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» (…) Estas palabras expresan un deseo constante en nuestra vida, el deseo de salvación, es decir, de una existencia libre del fracaso, del mal y de la muerte. Lo que el corazón del hombre espera se describe como un bien que se “hereda”. No se trata de conquistarlo por la fuerza, ni de implorarlo como siervos, ni de obtenerlo por contrato. La vida eterna, que sólo Dios puede dar, se transmite al hombre en herencia como de padre a hijo. Por eso, a nuestra pregunta, Jesús responde que para recibir el don de Dios hay que acoger su voluntad. Como está escrito en la Ley, «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón […] y a tu prójimo como a ti mismo» (…) Al hacerlo, correspondemos al amor del Padre: la voluntad de Dios es, de hecho, esa ley de vida que Dios practica primero con nosotros, amándonos con todo su ser en su Hijo Jesús. (…) para vivir eternamente no es necesario engañar a la muerte, sino servir a la vida, es decir, cuidar de la existencia de los demás en el tiempo que compartimos. Esta es la ley suprema, que está por encima de cualquier norma social y le da sentido. (Papa León XIV, Angelus, 13 de julio de 2025)

para vivir eternamente no es necesario engañar a la muerte, sino servir a la vida
ORACIÓN 

Muchas veces he pensado en este joven, buen cumplidor de la ley, a quien Jesús mira con afecto. ¡Qué oportunidad le ofrece Jesús! Seguirle a Él…, disfrutar de su compañía…, compartir su mundo, su riqueza interior, ser plenamente feliz…, y, por ser miope, de mirada corta, de vuelo horizontal, se quedó solo con su riqueza humana, es decir, con su pobreza existencial, su limitación, su fragilidad, su finitud.  Señor, yo quiero estar siempre contigo: con un horizonte abierto al infinito, con una felicidad completa, esa que sólo Tú me puedes dar. Amén

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-17-de-agosto-de-2020-2 

Este joven rico era un buen judío. Era cumplidor de la Ley y nadie le echaba en cara que su fortuna la hubiera adquirido con medios ilícitos. Y, como buen judío, buscaba la “vida eterna” es decir, ser feliz después de la muerte. Jesús no le recrimina nada de lo que ha hecho, incluso le mira con cariño (Mc. 10,21), Jesús ha visto en él “buen fundamento” para levantar un bonito edificio espiritual. Por eso le dice: “Si quieres llegar hasta el final”, es decir, si no quieres quedarte a mitad del camino, si no quieres ser una medianía, una vulgaridad, un judío más del montón, te hago una oferta; “Deja lo que tienes y vente conmigo”.  Aquel joven vio con claridad lo que Jesús le ofrecía: su persona, su riqueza interior, el gozo de caminar a su lado…Todo lo vio, pero “como era rico” prefirió seguir son su riqueza. Y aquí está el peligro de la riqueza. No es en sí mala, incluso se puede hacer buen uso de ella, pero de tal modo avasalla el corazón de la persona que “no le deja libertad para decidirse por Jesús”.  Y el texto termina diciendo: “se fue triste”. Y uno se pregunta: ¿Por qué tienes que quedarse triste si Jesús no te ha quitado nada? Jesús te ha respetado y has hecho lo que tú has querido. Aquel joven se quedó triste porque “se quedó con su riqueza, pero se quedó sin Jesús”. De una manera sencilla, insinuante, Jesús nos está diciendo que la riqueza es fuente de tristeza y que Jesús es la alegría y la fiesta de la vida. Un judío (y también muchos cristianos) se preguntan por la vida futura, por su salvación eterna. El que de verdad sigue a Jesús experimenta que esa vida futura, “ya está presente aquí en esta vida, siguiendo a Jesús”. El cielo, el reino de Dios “ya está dentro de nosotros”. Ya hoy, aquí y ahora podemos ser felices con Jesús. Y sólo desde esta experiencia puedo esperar con seguridad la vida eterna.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.