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15-sep.-martes de la 24.ª semana del T. O.

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: «He ahí a tu madre».

El amanecer de un nuevo día y el bullicio que comienza para cada uno de nosotros nos anuncia que es hora de levantarnos e ir a nuestras actividades de este día, contando con tu presencia y tu santa bendición para ser tu voluntad. Es un buen martes colocados en las manos y el santo regazo de Nuestra Madre Santísima.

Virgen de los Dolores, de la Soledad, de la Piedad; siete espadas te traspasan el corazón o, al menos la espada de la que le habló el anciano Simeón. Casi siempre un manto negro te cubre. Tu rostro, aún lleno de llanto y dolor, logra un tono sereno, como penetrado por la fe.

María, eres la Madre del Crucificado; estás asociada, por sus dolores, a la muerte del redentor. eres esclava del señor por tu fe; estás junto a tu hijo, que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Tú estuviste alejada en los momentos de la gloria, de los milagros, y ahora acudes presurosa en la hora del supremo dolor y de la muerte. Está aquí, como estuviste en todos los momentos difíciles, a lo largo de la vida de Jesús; en la pobreza del pesebre al nacer, en la persecución y exilio con Herodes, cuando abandonaba su familia para predicar el Reino, cuando sufre el rechazo de los jefes políticos y religiosos, en fin, momentos tristes pero esperanzadores en los que reflejaste la Palabra que dirigiste al Padre: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra».  Como Jesús, queremos sentirnos cerca de ti en los momentos de dolor ya que eres nuestra madre y madre de tantos hijos crucificados por la injusticia, la opresión, la soledad y el desamor. Contigo, queremos ir al encuentro de los que sufren, luchar contra las causas del dolor y hacerlo sabiendo escuchar, llevando consuelo en cada momento de nuestras vidas. 

Gracias, Señor, por este testamento tan hermoso que nos has dejado en la cruz: el AMOR DE NUESTRA MADRE. Señor, sabemos que en esta vida las penas y sufrimientos son inevitables para los que te seguimos a Ti, crucificado. Te pedimos la fortaleza y suficiente confianza en ti para mantenernos fieles y para creer y esperar en tu amor incluso en el abismo del sufrimiento. Danos el valor de enfrentar y asumir las dificultades de la vida y de llevar los unos las cruces de los otros, unidos a María, nuestra Madre Dolorosa. Que tu Santa Madre INTERCEDA POR NOSOTROS. Amén.

ORACIÓN VIRGEN DE LOS DOLORES 

Nuestra Señora de los Dolores, te presento todas mi necesidades, angustias, tristezas, miserias y sufrimientos.

Oh, Madre de los dolores y reina de los mártires, que tanto sufriste al ver a tu Hijo flagelado, escarnecido y muerto para salvarme, acoge mis plegarias.

Madre amable, concédeme una verdadera contrición de mis pecados y un sincero cambio de vida.

Nuestra Señora de los Dolores, que estuviste presente en el calvario de Nuestro Señor Jesucristo, permanece también presente en mis calvarios. Te suplico esta gracia de la que tanto necesito: (Haz tu petición)

Por piedad, oh abogada de los pecadores, no dejes de amparar mi alma en aflicción y en el combate espiritual que estoy atravesando en todo momento.

Nuestra Señora de los Dolores, cuando los dolores y los sufrimientos lleguen, no dejes que me desanime.

Madre de los dolores: Envuélveme en tu sagrado manto y ayúdame a pasar por el valle de lágrimas. Amén. 

Palabra del papa Francisco

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: «He ahí a tu madre». Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús les confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y la “mujer” se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría”. (Homilía de S.S. Francisco, 1 de enero de 2014).

Y la “mujer” se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino.
ORACIÓN 

Señor, Tú has sido el único que has podido elegir a tu propia madre. Y, lógicamente, la has elegido la más bella, la más dulce, la más tierna, la más bondadosa, la más amable, la más misericordiosa. Y, al elegirla, has roto todos nuestros esquemas. No has ido ni a la sabia Grecia ni a la opulenta Roma, sino a una aldea insignificante, a Nazaret, a una mujer humilde y sencilla. ¡Tú la miraste! Y, desde entonces, ya no ha sucedido en este mundo nada más bello como esa mirada. Amén. 

Reflexión 

En este corto evangelio Jesús da a la Virgen los dos títulos femeninos más hermosos: Mujer y Madre. 

«Jesús dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre». 

Al decirle “mujer” no se refiere a una mujer concreta, sino a la mujer en general. María es el prototipo de mujer. La mujer perfecta, la mujer por antonomasia. Y la mujer, antes de ser madre, hermana, hija, o esposa, deber ser “mujer”. Y decir “mujer” es decir encanto, delicadeza, finura, elegancia, belleza, armonía… Cuando Jesús le dice a la virgen “mujer” es como decirle: “Te quiero femenina”. 

Y después le dice “Madre”. Hay muy pocas cosas en el mundo en las que todos estemos de acuerdo. Pero sí en una: en que la “madre” es lo más bello y hermoso de esta vida. Si la comparamos con el alimento, es “mejor bocado”; si la comparamos con el aire, es “la brisa más suave y refrescante”; si la comparamos con la bebida, es el licor más embriagador; si la comparamos con la música, es la más preciosa sinfonía. De lo que es una madre sólo nos damos cuenta cuando la perdemos y, a partir de entonces, hay un “antes” y “un después”. Un “antes” alegre y feliz nimbado de luz y un “después” triste, envuelto en oscuridad. La fiesta de la Asunción de María en “cuerpo y alma al cielo” nos dice que ése es el destino de todos: encontrarnos con nuestras propias madres, en cuerpo y alma, poder besarlas, abrazarlas, teniendo todo el tiempo por delante…y esto mismo hacerlo con María, la madre de Dios, que es también nuestra propia madre.  

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda Pbro.