Buen amanecer con corazones agradecido por el don de la vida. Un amanecer para algunos de incertidumbre, para otros de desconsuelo, otros de dolor y tristeza y para otros, un amanecer, lleno de esperanza, de fe y de confianza en ti señor, porque nunca nos defraudas. Ha sido una semana en la que nos encontráramos al inicio de la misma con una noticia desvastadora; quizá consentimientos de dolor y tristeza, pero con un corazón lleno de fe y sobretodo de generosidad. Vamos siendo testigos del corazón generoso de muchísimas personas que quizá algunos con más otros con menos pero todos han puesto el corazón en favor de nuestros hermanos que viven la angustia, por la pérdida de un ser querido o de varios seres queridos; por la vivienda que ya no existe. Estas mismas personas nos dan un ejemplo de fortaleza y resiliencia. Ahora sigue siendo el momento en que nos levantamos con esperanza y con la fuerza necesaria para seguir adelante.
Nos dice san Pablo: «nos acechan, pero no nos derrotan, porque confiamos en el señor que dio su vida por nosotros». Ahora, Señor, permítenos reflexionar en tu palabra: Hoy Mateo en su evangelio nos presenta el desarrollo de un encuentro tuyo con tus discípulos, que van haciendo el recorrido de este camino que te lleva a Jerusalén. Otro encuentro tiene lugar con los fariseos. Como en otras muchas ocasiones, sus preguntas siempre intentan ponerte a prueba, acorralarte, desafiarte.
El contenido del texto presenta dos temas, los dos son respuestas, aclaraciones, cuestionamientos a preguntas directas que te hacen: el primer dialogo se entabla con los fariseos, estos te lanzan una pregunta trampa: «¿le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?» Tú respondes con otra larga pregunta explicativa, lo haces con unos versículos del Génesis. Los fariseos esperan a ver por cuál de las corrientes rabínicas te vas. Sin embargo, actúas no tomando partido por ninguna de las dos: «¿No habéis leído que el Creador, desde el inicio los hizo varón y hembra?, por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer… de manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separé el hombre».
Con esta enseñanza tú subrayas que el amor que nace entre un hombre y una mujer es sagrado, no es un simple contrato social. Esta unión es respaldada y sellada por Dios. Dios es el que une. Esto fundamenta el matrimonio como sacramento, es la gracia de comunión y fidelidad mutua que refleja el amor tuyo por tu Iglesia. Resaltas lo indisoluble del sacramento desde el origen. Prosigues prosigues con tu respuesta: «repudiar a su propia mujer y casarse con otra, es romper la alianza que tienen con Dios, cometiendo adulterio».
Al escuchar la exigencia del matrimonio, tus discípulos reaccionan sorprendidos, desconcertados, no se han parado a pensar: «Si esa es la situación del hombre con relación a la mujer, no trae cuenta casarse». Pero tú aprovechas este momento para introducir [el 2º tema del texto] la otra vocación en el relato: «ser célibe por el reino de los cielos». Concluyes: «El que pueda entender esto, que lo entienda». Esta frase las señalas para las dos vocaciones, tanto para el matrimonio como para el celibato; las dos son dones regalados por Dios que requieren ser acogidos y vividos con la ayuda de Dios.
Gracias, Señor, por darnos la ocasión de poder reflexionar sobre la fidelidad y la armonía en el amor. Ahora encontramos un camino de unidad y comprensión para aquellos esposos que sigan teniendo este ejemplo tan lindo de ternura, armonía y entendimiento mutuos. Al celebrar la memoria de san Maximiliano María Kolbe, que nació en Polonia en 1894, encontramos un vivo ejemplo de lo que es el amor vivido y compartido: «quiero morir el lugar de ese hombre, soy sacerdote católico, soy viejo y estoy solo y él tiene esposa e hijos». Que este santo arrestado y luego deportado en el campo de exterminio de Auschwitz cerca de Cracovia, nos ayude a comprender lo que significa la generosidad y desprendimiento. Un muy feliz y testimonial viernes, en el que ojalá nuestro corazón sea generoso, el material y espiritual con nuestros hermanos damnificados.
Palabra del Papa
Cuando imagino un corazón, lo imagino siempre de carne, rojo, palpitante, sano, fuerte, vigoroso, y transmitiendo vida. Pero podría también imaginar cómo es la imagen que representa a los fariseos el día de hoy: un corazón de piedra. Es un corazón muerto, grisáceo, seco, inmóvil, resistente, es un corazón que pesa, que causa dolor y transforma todo en muerte… «Nosotros debemos caminar con estas dos cosas que Jesús nos enseña: la verdad y la comprensión. Y esto no se resuelve como una ecuación matemática, sino con la propia carne: es decir, yo cristiano ayudo a esa persona, a aquellos matrimonios que atraviesan una dificultad, que están heridos, en el camino de acercamiento a Dios. Permanece el hecho que la verdad es aquella, pero esta es otra verdad: todos somos pecadores, en camino. Y siempre está este trabajo por hacer: cómo ayudar, cómo acompañar, pero también cómo enseñar a aquellos que se quieren casar, cuál es la verdad sobre el matrimonio» (Papa Francisco, 20 de mayo de 2016, en santa Marta).
