Tras las huellas de los once de la fama

09 de Octubre 2017
 Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones, OAC - Bogotá
Tras las huellas de los once de la fama
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Fray Cándido Barja, hombre Dios, hombre del arte

Fray Cándido llegó a Colombia dentro de un grupo de once jóvenes frailes agustinos que atravesaron el mar, como antaño, para repoblar y rejuvenecer su comunidad.

Era el año de 1945, el 12 de febrero, cuando llegó al convento de Nuestra Señora de Gracia de Bojacá, en el grupo conocido como los Once de la fama. Monseñor Gabino Peral, Berlamino Toral, Benito Domínguez, Manuel Cadierno y Antolín Treceño, fueron algunos de los once.

El 11 de octubre de 1945, ya en Bojacá, emitió los votos solemnes; años antes, a los 11, había ingresado en el seminario menor de los Padres Agustinos, de Valencia de Don Juan. A los 17 vistió el hábito de la Orden en el Convento de Valladolid, dando inicio a su año de noviciado y el 11 de octubre de 1942, hizo su primera profesión en el Convento de Valladolid.

El 13 de junio de 1948 fue ordenado sacerdote en el templo de San Agustín de Bogotá.

El padre Cándido fue provincial, ecónomo y párroco, era un “cura emprendedor”, su huella, su impronta ha quedado imborrable tanto en el arte bogotano como en su orden y en las comunidades parroquiales y educativas en las que sirvió.

Fray Cándido, además de los estudios propios para ser presbítero, estudió “contabilidad”, como él mismo decía. Esto le permitió una visión importante en cuanto a la administración de los bienes de su Orden, ya que fue provincial, pero sobre todo ecónomo la mayor parte de su vida.

El padre Barja fue el responsable de la creación de dos de los principales colegios bogotanos en las décadas del 50 y del 70: los Cervantes, del Retiro –comprado por la comunidad agustina a Jesús Casas- y del Norte.

Y en los 80 se “echó al hombro” la restauración del magnífico templo de san Agustín en el centro de Bogotá, su obra capital.

Jamás perdió su sentido de pastor y fue el “eterno” párroco en Santa Mónica, la madre agustina por excelencia. Allí trasladó la sede de la provincia de la Orden en Bogotá. Nunca dejó de celebrar la Eucaristía a la siete de la mañana y tampoco dejó de confesar a diario. Cada vez que se le recordaba todo lo importante hecho para la Orden, como su estabilidad económica, la construcción de los tres colegios cervantes (incluyendo el de Barranquilla), la restauración de los conventos de san Agustín en Tunja y Bogotá, su permanente trabajo como formador y un largo etcétera de obras se encogía de hombros, para soltar con su acento gallego, que él era un simple trabajador.

Quienes estuvieron cerca de él coinciden en describirlo como un hombre amable, pero recio, disciplinado y constante, amante de todo aquello que representara la historia agustiniana, de allí su compromiso con la restauración y conservación de los tesoros agustinianos en Colombia, pues su obra no se quedó en Bogotá, restauró Barranquilla, Bojacá y Tunja.

El restaurador mexicano Rodolfo Vallín, quien trabajó en la restauración del templo de san Agustín en la Candelaria, Bogotá, le recuerda con especial cariño y admiración. Dice que tanto era su celo y su afán por la perfección del trabajo que creó un taller de restauración allí mismo para poder atender con calidad y prontitud todo el material del templo, así mismo, en compañía del padre Nicéforo Rojo hicieron copias de los más representativos cuadros que aparecen reseñados en los diferentes libros de la orden, ya que muchos fueron robados o quemados durante las diferentes ocupaciones y expropiaciones del templo.

Barja, ese “trabajador” agustino dejó libros como el dirigido por el arquitecto Germán Téllez Iglesia y Convento de San Agustín en Santa Fe y Bogotá y Arte de San Agustín entre muchos.

Su legado es la perdurable artística, patrimonio de quien ame la historia y el arte nutra su alma de ellos.

 

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